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miércoles, 1 de junio de 2011

Opiniones y Decisiones

              Voy a contar una historia simple, ficticia, aunque bien mirado podría ser el “día a día” de cualquier persona. La historia empieza así:

              Eran las seis de la manaña de un lunes. El despertador comenzó a sonar y el señor X se levantó malumorado de la cama… como todos los lunes. Después de un rápido aseo y un aún más rápido desayuno se monta en el coche para ir a trabajar, saliendo muy temprano para así evitar el típico atasco mañanero, si bien nunca es lo suficientemente temprano, y lo menos necesita tres cuartos de hora en llegar a la oficina.

              Durante el trayecto, como todas las mañanas, logra alcanzar la iluminación persona a través de los gritos e insultos que profiere en el coche. Una especie de mantra personal en el que menciona a todos los familiares, vivos y muertos, del resto de los conductores. Un desahogo muy necesario a esas horas, pues cuando por fin aparca el coche, su alma ya está purificada y lista para afrontar el trabajo con mejor pie, además de servirle como sustituto fuerte a la cafeína pues gracias a ese mantra los últimos retazos del reino de Oneiros desaparecen de su mente.

              Al salir del coche, como todas las mañanas, se encuentra con una compañera de trabajo, la cual, al igual que él, también sale temprano para evitar atascos. A veces llega ella antes, a veces llega él,  pero ya se ha convertido en costumbre para ambos que el que primero llegue espere al otro antes de entrar a trabajar. Como es lunes, aún se toman su tiempo para charlar de lo que cada uno ha hecho el fin de semana y se fuman un cigarro tranquilamente a la puerta. Al terminarlo siguen charlando animados mientras entran en el edificio. Las puertas se abren y él la deja pasar primero mientras busca su identificación para enseñar al guarda. Se despiden (trabajan en alas diferentes) y quedan para la mañana del día siguiente.

              La mañana transcurre tranquila, pues aunque hay trabajo (siempre hay trabajo), los proyectos nuevos aún se encuentran en fase de discusión, de forma que nuestro protagonista puede permitirse el lujo de tomarse las cosas con calma, pues sabe que cuando le entreguen el nuevo proyecto, no tendrá ni un segundo libre hasta terminarlo. Así que aprovecha para adelantar trabajo, para hacer un poco de vida social en la oficina (algo que sólo puede permitirse en casos así) y disfrutar de un lunes tranquilo.

              Al mediodía sale a comer con el resto de los compañeros, pero esta vez, al ser más tranquilo el día, deciden no comer en el comedor de la empresa, sino acercarse a uno de los restaurantes de comida rápida que hay cerca. Unas porciones de pizza y unos refrescos. Puede que no sea una comida sana ni nutritiva, pero de vez en cuando apetece darse un capricho y, aunque la comida de la empresa no es mala, sí que se vuelve un poco repetitiva con el tiempo.

              Durante la comida se habla del partido del domingo (de cómo el árbitro les robó el segundo gol), de los problemas del mundo y de cómo lo arreglarían ellos en dos días, de lo guapa que estaba hoy la secretaria del jefe, de lo mal que le queda el peinado nuevo a la encargada de planta, y de lo mucho que falta aún para que puedan tomarse las vacaciones. Todas ellas conversaciones intranscendentes (salvo la del futbol, que encendió pasiones) cuyo único objetivo es liberar tensión y alegrar el ambiente.

              A la tarde otras tres horas de trabajo tranquilo hasta que se anuncia que los proyectos están listos y se repartirán mañana (hoy ya no da tiempo a empezarlos), por lo que el señor X decide que, en vista que los próximos días estará muy ocupado, hoy es un buen día para quedar con la novia y tener una cita tranquila… pues cuando se dan proyectos se sabe cuando se empiezan, pero nunca cuando se terminan.

              Recoge a la novia en su trabajo y se la lleva a cenar al restaurante preferido de ambos. Aún cuando las recomendaciones del chef tienen buena pinta, hoy prefieren disfrutar de un plato ya conocido y se deciden por un arroz con sepia para compartir entre ambos. La cena transcurre tranquila y alegre. Y deciden terminar la velada en casa, disfrutando de que aún llevan poco tiempo de noviazgo y por lo tanto aún hay pasión entre ellos, como demuestran efusivamente en el largo paseo que va desde el restaurante hasta la casa. Luego se duermen abrazados y el día termina.

              …

              Así termina una historia sencilla. Un día en la vida de una persona cualquiera. Nada raro… o al menos eso parece. Volved a leerla. ¿Habéis encontrado algo raro? Releedla una vez más ¿Seguís sin ver nada extraño?

              ¿A qué viene esto? Esto viene a que el viernes pasado se aprobó el anteproyecto de la ley de Igualdad de Trato y no Discriminación, la cual a partir de ahora se llamará “Ley Pajín”, en honor de la diseñadora. Según esta ley nos está prohibido pensar y actuar. Y punto. No hay más que decir. Y para demostrarlo he escrito esa breve historia que, en un principio, no tiene nada de “paranormal”. Pero según la “Ley Pajín” podemos analizarla como un compendio de las cosas que no se pueden hacer ni decir ni opinar ni tan siquiera pensar. Vamos a enumerarlas una a una:

1.   El señor X grita malhumorado en el coche, profiriendo insultos de toda índole al resto de los conductores. Ya podemos ver aquí un delito grave.
2.   El señor X deja pasar a su compañera de trabajo en la puerta. Otro delito grave.
3.   No come en el comedor de la empresa con el resto de los trabajadores. Otro delito grave.
4.   Durante la conversación se habló de futbol. Otro delito grave
5.   Durante la conversación se habló de mujeres. Otro delito grave
6.   Se elige una cena diferente a las recomendaciones del chef. Otro delito grave.
7.   Manifestaciones de afecto públicas. Otro delito grave.

              ¿Cómo es posible que en un día normal para cualquier persona se cometan tantas infracciones? ¿Cómo es posible que en lo que en un principio parecía un día inocente se hayan podido romper tantas leyes? Bueno… en realidad sólo se ha roto una ley, pero tan extensa y amplia que vale por varias. La Ley Pajín. Una ley que permite este tipo de tonterías. Donde cualquier persona ve un día normal, esa ley ve una infracción tras otra (es decir, mucho dinero para las arcas estatales, pues las multas no son pequeñas, precisamente… si por ir con un exceso de velocidad de 300 Km/h por una carretera de 50 se multa con 600 euros; por cualquiera de estas acciones mentadas antes, se podría multar con hasta 60.000 euros… o incluso más según la opinión del juez).

              La nueva Ley Pajín determina que la infracción por discriminación es cosa probada y cierta, y por lo tanto es el acusado el encargado de demostrar su inocencia, lo que significa que cualquiera puede denunciar por discriminación, que como es la otra parte la que ha de demostrar que es inocente (algo que, por otra parte, resulta casi imposible), al final casi siempre saldrá ganando.

              Como en el caso anterior, que si el portero ve que el Señor X deja pasar a la compañera de trabajo, puede formular denuncia por “acoso”, por “discriminación”, por “machismo”, etc., y será el Señor X el encargado de demostrar que si dejó el paso fue por pura educación (ahora bien, ¿cómo diablos se puede demostrar algo así?). Claro que de igual manera podrías denunciarlo por las mismas causas en el supuesto de que pasase él primero y la dejase a ella con la puerta en la mano.

              El resto de los compañeros de trabajo podrían denunciarlo por haberse marchado con otros amigos a comer fuera, y se sienten discriminados por él.

              Los habituales del bar donde comieron no gustan del futbol, y por lo tanto se sintieron discriminados cuando el Señor X y sus amigos comentaron el partido del día anterior.

              Al hablar de mujeres, la camarera del local rápidamente tomó nota y puso una denuncia por acoso y discriminación machista.

              En la cena el chef se siente insultado en su orgullo y por lo tanto discriminado, cuando los “tortolitos” se decantan por un plato diferente al que él les ha recomendado.

              Los solteros que paseaban por la noche se sienten discriminados y en plan “Forever Alone”, cuando ven a la parejita besarse en cada soportal.

              Aún cuando haya gente que me diga que me estoy pasando tres pueblos con estos ejemplos, aún cuando haya gente que me diga que esto es exagerar el propósito de la Ley… en realidad no he dicho nada que no se puede hacer al amparo de dicha ley. Podremos poner denuncias a diestro y siniestro, y sin necesidad de preocuparnos por las consecuencias. Y lo mismo pasará con nosotros, que nos denunciarán por todo, pues No Existe Conducta Que No Sea Discriminatoria Para Alguien.

              El ser humano vive de la discriminación. Vive de las diferencias. Las decisiones que tomamos todos los días implican necesariamente una discriminación, sea a personas (voy al cine a ver una película porque me gusta más su reparto que otra en la que no me caen bien sus actores), sea a objetos (escribo con bolígrafo en lugar que con pluma), sea a opciones (corto el césped hoy, o me tumbo a la bartola toda la tarde)… Según esta nueva Ley, por el mero hecho de decir: “Yo opino…”, independientemente de lo que vaya después, ya te pueden denunciar, pues una opinión implica necesariamente una discriminación. Por ejemplo si opino que el helado de chocolate es más rico que el de vainilla, ya estoy discriminando al de vainilla. Si opino que el creacionismo es una tontería, estoy discriminando a los que opinan de diferente forma.

              Por lo tanto, esta ley va en contra de la libertad de la gente a tener unas ideas diferentes. Esta ley va en contra de la mismísima realidad. Y la verdad es que me recuerda mucho a la escena de “La vida de Brian” donde Stan (la hermana Loreta) decide que quiere ser mujer y quiere tener hijos, y que está en su derecho a luchar contra los romanos por ello (a lo que los demás le dicen que es una lucha contra la realidad).

              Para que esta ley se cumpliese de forma normal y sin problemas sería necesario un nuevo mundo, donde no existiesen ni hombres ni mujeres, donde todo ser vivo fuese un clon, donde no existiese inteligencia y donde todos fuesen idénticos en todos los aspectos (tanto en apariencia como en pensamiento y obra). En cualquier otra situación, intentar regular legalmente el vivir de las personas es tan absurdo como sacar una ley que condenase al Sol por dar luz. Poder se puede, pero jamás se cumpliría, pues es imposible. Regular el pensamiento de las personas es lo mismo. Poder se puede, pero es imposible de cumplir. No podemos pensar de una forma determinada porque nos obliguen a ello. Pensamos lo que queremos. Opinamos lo que queremos. Actuamos como queremos. Podemos regular las actuaciones, nunca las opiniones o pensamientos. Pues la primera podremos evitarla (o castigarla si no la pillamos a tiempo); pero las otras dos son inherentes al ser humano y jamás se podrán reconducir según las opiniones de un tercero.

              Es más, esa misma ley me está discriminando a mí (y a cualquier otro que opine como yo), pues nuestra querida Leire Pajín opina distinto a nosotros, y por lo tanto nos discrimina por pensar diferente.

              Cada día que pasa entiendo menos a los políticos que nos gobiernan. Tanto dinero gastado en tonterías como estas, y aún tienen la cara de decir que lo hacen por nuestro bien. Aún tienen la cara de decir que es un dinero bien invertido. Aún tienen la cara de decir que hay que subir los impuestos para pagar todas estas tonterías. Y luego aún tendrán la cara de culparnos a los ciudadanos cuando este tipo de leyes no den ningún resultado real (salvo a nivel de las arcas estatales, pues con tanta multa se van a forrar; porque lo que es a nivel individuo, no hay ninguna situación en la que se pueda sacar nada positivo). 

miércoles, 9 de marzo de 2011

Dia Internacional de la Discriminación

            Ayer se celebró el Día Internacional de la Mujer. Evento del que me enteré gracias a que lo publicitaron en el Facebook, pues en caso contrario hubiera pasado a mi lado sin despeinarme. Y ya que ese día ha pasado, me gustaría hoy comentar un par de cosillas al respecto. Y no sólo frente al hecho de tener un “día”, ni tan siquiera sobre el hecho de las diferencias entre hombres y mujeres, o las desigualdades sociales relativas al género. La verdad me gustaría hablar de la estupidez humana y de cómo a través de eventos como ese, que buscan eliminar desigualdades, lo único que se consigue es discriminar aún más a aquellos que buscan proteger.

            Empezaré comentando la base en la que yo creo. En primer lugar decir que hombres y mujeres no son iguales. Puede parecer una tontería retrógrada, un acto de machismo, una reminiscencia del pasado… puede parecer muchas cosas, pero antes de que se empiece con la descalificación personal, me gustaría que se siguiera leyendo todo esta entrada hasta el final, y si para cuando se termine se sigue pensando igual, pues encantado de recibir las críticas, pues precisamente en las diferencias están las virtudes. Así que intentaré explicar el por qué he dicho eso. Un hombre, raza humana, sexo masculino, es diferente a una mujer, raza humana, sexo femenino. A nivel genético hay diferencias. A nivel físico hay diferencias. A nivel emocional hay diferencias. A nivel racional hay diferencias. Y, antes que de me mandéis a los lobos para que me coman, si hay diferencias entre dos hombres en todos esos aspectos, si hay diferencias entre dos mujeres en todos esos aspectos… ¿por qué nos empeñamos en decir que no las hay entre hombres y mujeres?

            Una cosa es buscar la igualdad de oportunidades. Otra muy distinta es buscar la igualdad entre cosas, personas, entes, situaciones, etc. que jamás serán iguales. Y es en las diferencias en donde hay que fijarse para evolucionar. En una empresa grande, en la cúpula directiva ¿alguien cree que se contrata a alguien por ser hombre o por ser mujer? Se contrata a alguien por su valía, por su capacidad, por su experiencia, por su empuje, por sus conocimientos… ¿qué más da que sea hombre o sea mujer? Un hombre con más puntos en esas cosas que una mujer, tendrá más valor para la empresa. Una mujer con más puntos en esas cosas que un hombre, tendrá más valor para la empresa. Y lo que la empresa quiere es “lo mejor” para sí misma. Por lo tanto no habrá diferencia real. 

            Otra cosa es que la cantidad de hombres y la cantidad de mujeres que llegan a esas elecciones sea muy dispar. Si hay muchos más hombres, es normal que haya más posibilidades de que un hombre tenga el puesto (pura estadística básica). Pero aún así hay mujeres en puestos directivos, lo cual demuestra que todas ellas han llegado hasta ahí con esas premisas, luchando por el puesto con el resto de los candidatos (hombres y mujeres) y alcanzando la cima. Cuando se crean leyes como la de igualdad, que obliga a tener paridad en los puestos directivos, lo que se está haciendo es denigrando el trabajo de esas mujeres que llegaron hasta ahí. Pues a partir de ahora ya no se mirará la valía de la persona, sino su sexo, y por lo tanto se está desprestigiando a aquellas que lo lograron antes, al mismo tiempo que se está rechazando el hecho de que las que vengan nuevas en realidad tengan algo que aportar, pues si bien antes era una lucha de “valía”, ahora es “cubrir el cupo”.

            Cuando en una pruebas para un trabajo se hacen diferencias entre hombres y mujeres, lo que se está haciendo es denigrando a aquellos a los que se les “facilita” la entrada, al mismo tiempo que discriminando a aquellos a los que, en contraposición, se les exige más. Y pongo un ejemplo sencillo. Unas pruebas para bomberos. A los hombres se les exige una serie éxitos en las pruebas físicas. A las mujeres se les exige mucho menos. Y yo pregunto… ¿eso es lógico? Un bombero, sea hombre o sea mujer, debe cumplir un cometido, debe ser capaz de luchar contra el fuego, de arrastrar fuera de un edificio en llamas a aquellos que se hayan quedado atrapados dentro, de aguantar el empuje de la manguera, etc. ¿Acaso al fuego le importa que sea un hombre o una mujer? ¿Acaso al que se quedó atrapado dentro le importa que sea hombre o mujer quién lo rescate? Lo que realmente importa es qué lo rescate. Por lo tanto poner pruebas físicas más blandas para las mujeres sólo conseguirá que el trabajo final no tenga la misma calidad que antes, pues se prima antes un sexo que una auténtica valía. Y no me vale lo que dicen de que las mujeres son más débiles que los hombres… pues yo aún recuerdo cuando iba al gimnasio, ver a hombres y mujeres allí que me podían arrancar la cabeza de un guantazo, pues como que daba igual el sexo.

            Primar algo, significa discriminar lo opuesto. Fomentar algo, significa restarle valor. Ayudar en algo significa dar a entender que no se es lo suficientemente bueno en ello. Y esto es lo que hay que reconocer. Yo necesito ayuda en muchas cosas, y eso es porque yo no soy suficientemente bueno en ellas, y lo reconozco. Por lo tanto cuando se “ayuda” a una mujer a conseguir un trabajo, a través de reducción en las condiciones para acceder al mismo, lo que nos están diciendo es que las mujeres no son buenas en eso. Y hay trabajos en los que es necesario ser bueno. Por lo tanto esas ayudas son perniciosas, tanto para el fruto del trabajo como para la propia mujer.  Pues si la mujer acepta esas ayudas, reconoce su inferioridad en ese tema. Sean trabajos físicos, sean trabajos mentales, sean trabajos existenciales… no se trata ya de aceptar las ayudas, sino de “exigirlas”. Eso sí es discriminatorio. Eso sí que es denigrante.

            Creo recordar, cuando salió la ley de paridad, que las que más protestaron contra ella fueron las propias mujeres que estaban en puestos directivos. Y, desde mi punto de vista, con toda la razón. Pues por esa ley lo único que obtendrían a partir de ahora sería un desprestigio total. Antes habían llegado hasta allí por sus propios méritos, por su valía… a partir de esa ley llegarían hasta allí por “número”. Y eso es denigrante. Eso es discriminatorio.

            Lo de la ley de violencia de género. Es un absurdo en sí mismo. Violencia lo es siempre, independientemente del género. Sea un hombre que pega a un hombre, un hombre que pega a una mujer, una mujer que pega a otra mujer o una mujer que pega a un hombre. Da igual. Es violencia. La ley no ha logrado su propósito (disminuir la violencia de hombres contra mujeres) en lo más mínimo. Sigue habiendo violencia. Sigue habiendo maltrato. Sigue habiendo violaciones… Solo que ahora, en lugar de ser llamadas por su nombre, se les denomina en función de quién las recibe. Mucho más útil que esta ley, hubiera sido enseñar a las mujeres a defenderse (aún recuerdo las clases de Full Contact en el gimnasio, y de cómo alguna chica me dejaba fino… y yo no soy precisamente un peso pluma), aún cuando sólo sea enseñar a pegar una buena patada, pues, mal que nos pese a los hombres, tenemos un punto débil muy claro, y una buena patada en ese punto tendrá como resultado un hombre tirado en el suelo durante un buen rato sin poder hacer nada, sólo gimiendo y llorando de dolor.

             Resumiendo. Cualquier ley, cualquier “día internacional”, cualquier manifestación por la “igualdad”, sólo supone reconocerle a ese colectivo (sean mujeres, sean gays, sean hombres, sean razas, sean alienígenas disfrazados) que son inferiores y que necesitan la “ayuda condescendiente” de aquellos que son superiores. Y aceptar esas manifestaciones, leyes o “días”, significa reconocer esa “inferioridad”. Hay que aceptar las diferencias y fomentar la igualdad de oportunidades. Pues cuando la oportunidad es la misma, quién se la lleve será el mejor, con independencia de raza, sexo, religión, color o condición.

sábado, 26 de febrero de 2011

Hoces y martillos





Mi tío Lucas trabajaba como Maestro Albañil en una próspera empresa familiar que se dedicaba a la construcción. Tenía bajo su supervisión un número considerable de obreros, unos cualificados y otros no tanto.

Mi tío era un hombre que dejó el campo para empezar una nueva vida en la ciudad. Era un hombre de hoz pero sin martillo; es decir, era uno de esos jóvenes jornaleros que de madrugada marchaban en silencio a los trigales y no volvían a sus casas hasta ponerse el sol. No era uno de esos que portaban en una mano una reluciente hoz sin mellas, por no usarse nunca; y en la otra un martillo aplasta cráneos de todo aquel que para ellos sea considerado burgués o reaccionario.

No, no era de esos tipos que roban la propiedad de otros para repartírsela argumentando el cuento de la función social de la propiedad. Mi tío vivía simplemente de su propio trabajo y esfuerzo.

Una vez emigrado a la urbe mi tío Lucas compaginó, durante los primeros años y con mucho sacrificio, su trabajo en el sector de la construcción con clases nocturnas de formación profesional con la intención de mejorar su categoría laboral y sueldo. Empezó trabajando de peón albañil y acabó de encargado de obra.

Un día Paco, un obrero especialista afiliado a un conocido sindicato comunista y miembro del Jurado de Empresa, órgano que representaba en esa época a los trabajadores de la obra; se acercó a mi tío, que estaba disfrutando del almuerzo sentado sobre una pila de sacos de yeso, y le dijo en voz alta con la intención de que el resto de comensales de obra le escucharan:

- ¡Maestro, existe una situación injusta con relación a Fernando, uno de los peones que tengo en mi cuadrilla!. Me refiero al nuevo contratado que hoy no ha podido venir a trabajar debido al nacimiento de su sexto hijo.

- ¿De qué se trata Paco?

Contestó mi tío mientras, tartera en mano, saboreaba los restos de una porción de tortilla española empapada en pisto manchego.

- ¡Pues que el hombre tiene que pagar su hipoteca, las letras del coche, de los muebles y de la televisión; alimentar a su mujer y a sus seis hijos; todo con la mitad del salario que tengo yo!. ¡Me parece tremendamente injusto y creo que debería comentarlo a los patronos para que le suban el sueldo!

Antes de contestarle, mi tío cogió la bota de vino, la levantó a dos palmos de la boca y se echó un prolongado trago. Luego cogió un cigarrillo, lo encendió con su viejo chisquero y se quedó meditando durante unos segundos mientras observaba una destartalada carretilla volcada en la cima de un montón de arena de miga.

- Paco, tu eres un trabajador cualificado y competente. Eres pulcro en tu trabajo y contigo aprenden mucho los nuevos peones. Es obvio que la productividad de tu trabajo supone para la empresa el doble que la de ese tal Fernando que tienes a tu cargo. Yo creo que esto aclara bastante el tema.

Paco se quedó dubitativo y a continuación tiró de consigna sindicalista.

–¡¡ Pero se deben corregir las desigualdades…….., el trabajo tiene una función social…., no es justa la discriminación salarial……. la clase obrera está explotada……!!

- ¡Vale, vale!, todo tiene arreglo- Exclamó mi tío y prosiguió hablando:

- ¡Vamos a ver! Aprovechando que hoy es el día que se abonan los salarios haremos una cosa. Cuando el Administrador me traiga los sobres de la paga para que luego yo los reparta como de costumbre, vamos a abrir tu sobre y el de ese peón del que hablas, sacaremos el dinero de ambos sobres, lo Juntaremos y luego haremos dos mitades iguales que meteremos en sendos sobres.

Paco y el resto de los compañeros, que escuchaban sorprendidos a mi tío, guardaron un largo silencio hasta que, de repente, empezaron a murmullar cuando en lontananza atisbaron al Administrador abriéndose paso entre el material de construcción y los montones de escombros de la obra.

Superado los obstáculos, el Administrador entregó los sobres a mi tío que procedió a repartirlos entre los trabajadores salvo el de Paco y el del susodicho peón, que los dejó para el final encima de un tablón situado a sus pies.

Sin demora y aún rodeado de docena y media de trabajadores que, con curiosidad, habían esperado impacientes ese momento; mi tío procedió a realizar lo que había dicho.

- ¡Vamos Paco, coge un sobre; no importa el nombre puesto que los dos tienen la misma cantidad de dinero!

Paco con remordimiento disimulado y mordiéndose la lengua cogió uno, se lo metió en el bolsillo y se dio la vuelta para volver al tajo.

- ¡Paco no seas estúpido y trágate tu orgullo!

Gritó mi tío con entereza.

- Piensa que además de éste hay otros meses en el año. ¿Qué piensas hacer en el futuro?. Debes saber que los patronos no van a pagar a ese peón un sueldo como el tuyo puesto que en ese caso contratarían antes a un oficial que a un peón; por lo tanto, ese hombre por el que te apiadas, se quedaría en paro. Tampoco pueden pagarnos a todos el mismo salario que el que recibe un peón con la intención de igualarnos a todos, puesto que los patronos saben que eso no es justo ni eficaz para que la empresa funcione porque así nadie se molestaría en perfeccionarse, ni en aprender más, ni en asumir funciones de responsabilidad. Es más, los patronos tampoco pueden pagar a todos, con la intención de igualarnos, el mismo sueldo que el que yo tengo que, como bien sabes, es superior al tuyo; puesto que la empresa ya no sería rentable y la tendrían que cerrar. En ese caso nos quedaríamos todos en el paro. Los patronos no tendrían problemas de subsistencia puesto que sólo con lo que obtuvieran por vender la empresa podrían vivir muy bien en Acapulco de por vida y sin complicaciones. En cambio nosotros nos moriríamos de asco. ¡Eso sí, todos iguales de parados y sin sueldo!. Habrías conseguido así, estimado Paco, la igualdad que reivindicas.

Mi tío se dirigió al resto de empleados que presenciaban el acontecimiento solidario, los miró a la cara en silencio durante un breve espacio de tiempo y arrancó diciendo:

- ¡Sé que algunos de vosotros no sois tan íntegros y bondadosos como Paco. Tenéis algo más de “mala leche” que, mezclada con envidia rastrera, os haría ir más lejos. Seguramente estáis pensando, presos de la ruindad que corrompe vuestro corazón, que a los patronos se les debería quitar su patrimonio a la fuerza! Yo a eso lo llamo robar. Seguramente querríais que se repartiera su empresa y ahorros con la excusa esa de la justa redistribución de la riqueza. Ese es un argumento que siempre ha traído y traerá a los seres humanos mucha desesperación, miseria y muerte.

Algunos de los presentes bajaron la cabeza mientras otros mostraban una fría sonrisa que cortaba el aire.

- ¿Creéis que vuestra pretenciosa superioridad moral como trabajadores “proletarios” os legitima para que podáis robar impunemente y con violencia el patrimonio y bienes de los patronos que os ofrecen trabajo que aceptáis voluntariamente? Patrimonio, claro está, que apresuradamente os lo repartiríais con ansia después de limpiaros la sangre. El final aberrante de la historia lo conocemos bastante bien allí donde se ha consentido tal atropello e injusticia. Es el socialismo revolucionario de siempre disfrazado de justicia social.

Las frías sonrisas se convirtieron en bocas apretadas.

- Si pretendemos vivir en paz y armonía debemos respetar al prójimo, sobre todo su vida; porque los patronos, al igual que vosotros los trabajadores, deseáis disponer de una renta para vivir y mejorarla con el tiempo. Unos, los patronos, obteniendo beneficios puesto que han arriesgado su patrimonio en una aventura empresarial que también les hace trabajar intelectualmente dirigiéndola y gestionándola; y otros, los obreros, cobrando un sueldo por nuestro trabajo manual. Ambas aportaciones son fundamentales para sacar adelante la empresa. Ninguno nos esforzamos por altruismo. Para eso ya existen las monjitas que lo hacen estupendamente y está claro que entre vosotros no observo ningún velo o manto bendito que cubra vuestras cabezas, sólo veo monos azules manchados de sudor, yeso y cemento cuyo bolsillo porta un sobre que os posibilitará seguir viviendo con dignidad gracias a vuestro trabajo y gracias a que existe está empresa que os ofrece un empleo.

Mi tío se dio la vuelta, abrió de nuevo los sobres, contó el dinero y puso en cada uno la cantidad que en un principio había. Luego le entregó a Paco el suyo y le dijo:

- Paco, abre los ojos y piensa que quizás algún día otros malnacidos estiman que tu patrimonio es superior al suyo; sobre todo ahora que acabas de heredar el piso de tus suegros, su casa del pueblo, varios viñedos y un olivar con el que te has comprado ese flamante SEAT 1200 rojo. Piensa que con la excusa de la justicia social te lo pueden robar todo impunemente ¿Dónde ponemos el límite de la riqueza? Ahora vuelve a la faena y mañana aconséjale a ese peón, Fernando, que para ganar lo mismo que tú sólo tiene que bregar en ser tan buen trabajador como tú lo eres. Dile que estudie, sea responsable en la vida y que no gaste lo que no tiene.