viernes, 24 de diciembre de 2010

La riqueza no cae del cielo


No me importa la desigualdad porque no soy envidioso, pero sí me importa la pobreza. Años y años de ayuda internacional no ha dejado otra cosa que muchos gobiernos corruptos en los países menos desarrollados y jugosas cuentas bancarias en Suiza a nombre de su casta política parasitaria. Sin embargo, continúa el clamor popular por más ayuda y más socialismo para esos desgraciados países. El Presidente socialista de Zimbawe, el Sr. Mugabe, sabe mucho de esto.

No es la riqueza la que corrompe a los hombres, sino la ambición de ser más ricos sin trabajar. Y por trabajar entiéndase tanto la labor de los operarios de las fábricas, talleres, oficinas o tiendas como el trabajo intelectual de sus propietarios que suelen realizarlo, éstos últimos, con dedicación exclusiva y sin límite de horas.

Tampoco la riqueza cae del cielo, es más, aquellos países que disfrutan de buen clima, reservas de petróleo, grandes bolsas de gas, bosques madereros, lluvia abundante, etc. tienen que trabajar para desarrollar tales ventajas convirtiéndolas en recursos útiles. Por esto se comprende que la distribución desigual de la riqueza en el mundo se debe a las zancadillas que ponen los liberticidas al capitalismo democrático.

Sin trabajo, inventiva, ahorro o iniciativa no hay riqueza. Pero ni el esfuerzo, el emprendimiento o la investigación se cultivan si sus frutos son sistemáticamente robados por déspotas excusándose en un Estado colectivo todopoderoso, liberticida, planificador e intervencionista; porque cualquier gobierno que le quita a Ramón para dárselo a Tomás está robando.

Nadie cuestiona que hay mucha gente con una vida precaria y mísera, pero el gran obstáculo a su prosperidad no es que no les ayudemos lo suficiente o que no se redistribuya la riqueza creada. Tantas veces nos han predicado los socialistas que ellos existen porque hay pobreza, que no caemos en la cuenta de que es al revés; que no se trata de distribuir la riqueza existente sino de la creación de más riqueza y esto sólo sabe hacerlo el capitalismo democrático en un entorno de Libertad. El hecho de que libertad y riqueza vayan de la mano es una muy feliz coincidencia.

Se debe enseñar a los países más pobres a producir. Debemos insistir que la casta política de los países pobres se retiren y disfruten de sus cuentas suizas, al menos así la población tendrá oportunidad de quitárselos de en medio. Tenemos que exigir la desaparición de aranceles y que no se machaque a impuestos a los ciudadanos productivos; así como que se promulgue la infraestructura legal apropiada que garantice la propiedad privada, las inversiones y la integridad de los contratos.

Todo lo expresado fomenta la productividad y la esperanza de prosperar porque la gente puede entonces gozar del fruto de su esfuerzo, ya sea como trabajador o empresario. Esto fue lo que en realidad logró reducir la pobreza en los países que actualmente son los más desarrollados y ricos.


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