lunes, 22 de febrero de 2010

¿Prohibir símbolos musulmanes?


Esta entrada quizás sorprenderá a algún compañero de blogosfera, conocida mi postura con respecto al fundamentalismo islámico y a la propagación del Islam en Europa. Esta no ha cambiado en absoluto, no es lo mío un giro de 180º: no rechazo el Islam como creencia, como opción de fe dentro de un sistema de libertad religiosa, sino todo el sistema de valores que trae consigo, totalmente extraño y difícilmente compatible con el nuestro, al igual que su materialización en sistema político, las dictaduras islámicas, y el terrorismo (partiendo de que la oposición debe ser a cualquier terrorismo sea islamista, sea etarra, sea narcoterrorismo como en el caso de las FARC, etc.).

Para nuestro acervo judeo-cristiano, no es la existencia de seguidores de la fe de Mahoma en nuestro suelo el problema, ni siquiera que lo es tanto que traigan costumbres contrarias al sistema de libertades por el cual nos regimos, sino el relativismo con respecto a nuestros propios valores, por un lado y en primer lugar, capitaneado por Zapatero y su Alianza de Civilizaciones. El presidente del gobierno progre que padecemos es uno de los personajes más dañinos (por no decir el que más) que ha dado la política europea. Zapatero considera ofensivos una serie de principios en los que se basa la civilización occidental y, para él, el Islam, como elemento extraño y contrapuesto que es a la misma, una posibilidad de ir relativizándolos y desnaturalizándolos. Nada de lo que extrañarse puesto que, como progresista izquierdista que es, su único objetivo es ir socavando los elementos que configuran la democracia liberal y capitalista. No es una supuesta "tolerancia" al Islam o a la diversidad cultural o religiosa lo que le mueve.

En segundo lugar, hasta no hace mucho, teníamos la idea de vivir en un Estado de Derecho pero acontecimientos recientes nos dan la idea de que esto parece un
Estado de Torcido más que otra cosa. Tristemente, Cataluña es el paradigma, desde el momento en que la propia Administración, la cual, con un estatuto de autonomía recurrido ante el Tribunal Constitucional, se dedica a aplicarlo "de facto", se sitúa fuera de la ley. Por no hablar de ataques a la propiedad privada cometidos con total impunidad. El propio Gobierno catalán pretende situarse al margen de la legalidad española.

No nos llevemos las manos a la cabeza cuando algunos grupos siguen el ejemplo y comienzan a sentirse con la fuerza suficiente para aplicar e imponer sus propias leyes al margen de las vigentes en España. No es nada raro que allí, precisamente allí, se hayan producido episodios como la
constitución en Tarragona por parte de nueve magrebies de un "tribunal" islámico que, al margen de la legalidad y de la Constitución española, que prohíbe la pena de muerte, se autoarroga la potestad de condenar a muerte a una presunta adúltera. O que algunas mezquitas de Cataluña (al margen de un colegio de carmelitas de Ripoll) se han ofrecido para acoger referéndums soberanistas ilegales. O, por último, lo ocurrido en Cunit (Tarragona), donde la alcaldesa socialista (y feminista, quizás, debe serlo también) frenó la detención del imán imputado por amenazar, coaccionar y calumniar presuntamente a una musulmana moderada que trabaja como mediadora cultural en el municipio después de que éste tratara de agredir a la mujer. La presunta campaña del imán, Mohamed Benbrahim, perseguía que Fatima Ghailan perdiera su empleo por no llevar velo y relacionarse con españoles no musulmanes, según la instrucción judicial (¡qué escándalo! una musulmana relacionándose con "infieles"). Y hete aquí que la alcaldesa, postulándose como una "dhimmi" en toda regla, afirmó actuar "para evitar un conflicto social". Algo, ciertamente, "magnífico".

Todo esto lo traigo a colación para tener una cosa clara: no serán prohibiciones ni trabas a la libertad religiosa sino defensa cerrada de nuestro ordenamiento democrático y respeto al Estado de Derecho lo que evitará que el Islam sea un problema para nuestra sociedad. Con este Gobierno que en desgracia nos ha tocado es cierto que ambas cosas se convierten en una heroicidad pero no hay que renunciar a esos principios.

No se trata de que nosotros impongamos una moral o unos valores a los musulmanes, sino que los suyos no agredan a nuestro orden público y nuestro sistema de derechos y libertades, que salvaguarda a todos, sean de las creencias que sean. Una cosa es la respetable libertad de culto y otra aceptar la idea de que una religión puede situarse al margen de nuestro sistema de derechos y libertades. Distinto es prohibir las expresiones de esta religión.

La defensa de la propia cultura, por otro lado, y hablando ya desde un punto de vista liberal, debemos realizarla con total convicción, pero individualmente. No necesitamos que el Estado defina qué es nuestra cultura. Somos una civilización cristiana, pero no porque desde la entidad estatal hayan de decírnoslo.

En este sentido, prohibiciones a la construcción de minaretes como la aprobada en Suiza mediante referéndum popular o la que se está debatiendo en Francia en relación a no permitir el velo integral (el niqab y el burka) en los servicios públicos, esencialmente las administraciones, los hospitales, las escuelas y el transporte público, con posibilidad de extenderla por motivos de seguridad a los espacios privados abiertos al público, como son los comercios o los bancos, y que sea motivo de rechazo de la obtención de la nacionalidad francesa,
pueden ampararse en principio en la "defensa de la cultura europea" pero he de reconocer que, reconsiderando mi postura inicial favorable a la regulación de uno y otro, puede abrirse una senda bastante peligrosa. Una senda, por la cual, cualquier iluminado puede plantear regular la posibilidad de libertad de culto de católicos, protestantes, ortodoxos o judíos.

No seré yo, al menos, quien se dedique a estar mezclándose todo el día con musulmanes. Si tengo que elegir, prefiero estar con otro tipo de gente. Tampoco puedo dejar de decir que minaretes y burka, personalmente, me parecen aberraciones, fundamentalmente, la segunda, cosa que también ha de quedar clara. El primero simboliza la dominación islámica sobre un territorio, no en vano su altura debe superar a la de cualquier construcción. El segundo puede ser una muestra de la posición de subordinación de la mujer en el Islam. "Puede" puesto que también existe la posibilidad de que haya casos en que la propia mujer sea la que desee usar estos atuendos. Si una empresa privada quiere prohibir el uso de estas prendas seré el primero, y con total razón, que apoye el derecho a esta restricción por parte del empresario. Una empresa privada tiene el derecho absoluto sobre qué tipo de personas admitir y bajo qué condiciones y normas. Y casi todas prohibirían con mucho gusto el uso de velos o burkas, de ello que no nos quepa la menor duda. Pero de ahí a prohibir estas prendas en espacios públicos media una gran diferencia. Un Estado que se arroga la posibilidad de establecer estas restricciones definiendo qué debe ser nuestra cultura mañana puede cambiar de criterio y prohibir las biblias por razones tan peregrinas como considerar que no casan con un estado aconfesional. Deberíamos reflexionar sobre una paradoja en la que podemos incurrir: luchamos en Irak y Afganistán contra el terrorismo y contra la imposición de teocrácias islámicas, teóricamente para liberar a los musulmanes que habitan esas tierras pero, no obstante, y mientras... restringimos la libertad de los que viven aquí.

Ha de quedar claro que no se trata de "libertad de los musulmanes" sino de libertades individuales. La libertad religiosa no puede coartarse mientras que no pise nuestras leyes y, para estos casos, está el Código Penal, no las prohibiciones. En la democracia más antigua y admirable del mundo, los Estados Unidos de América, estas prohibiciones son implanteables. Ni siquiera se llegaron a considerar tras el 11-S.

Resultan muy esclarecedores, desde postulados liberales, estos frágmentos de la "Carta sobre la tolerancia", escrita en 1685 por John Locke, uno de los padres del liberalismo clásico:

"No hay, por lo tanto, ni individuos ni iglesias ni Estados que tengan justificación para invadir los derechos civiles y los bienes terrenales de cada cual bajo pretexto de religión. Quienes no concuerdan con esto, harían bien en meditar sobre los perniciosos gérmenes de discordia y de guerra, en cuán poderosa provocación para interminables odios, rapiñas y asesinatos proporcionan a la humanidad. No habrá paz ni seguridad ni amistad entre los hombres mientras prevalezca la opinión en orden a que el señorío está basado en la gracia y que la religión debe ser propagada por la fuerza de las armas".

"¿No es lícito acaso hablar latín en el mercado? Entonces también lo será hacerlo en las iglesias. ¿Es lícito que un hombre se arrodille, esté en pie o se siente o adopte cualquier postura en su hogar y se vista de negro o de blanco o con hábitos largos o cortos? Entonces debe serle lícito comer pan o tomar vino o lavarse con agua en la Iglesia. Digamos en resumen que todo aquello que es lícito en las circunstancias comunes de la vida, debe serlo asimismo en el culto divino de cualquier iglesia. No ha de permitirse que la vida o el cuerpo o el hogar o las propiedades de un individuo sean perjudicados por esta causa. ¿Podéis admitir la doctrina presbiteriana? ¿Por qué no podréis entonces que otros admitan la episcopal? La autoridad eclesiástica, ya sea administrada por una misma mano o por las de muchos, será siempre la misma, y no tendrá jurisdicción alguna en lo civil, ni ningún poder de coerción ni relación alguna con las riquezas ni con sus rentas".

"Si se evidencia en las asambleas religiosas algo que constituya sedición y sea contrario a la paz pública, debe ser castigado en la misma forma que lo que acontece en las ferias o mercados. Estas reuniones no deben transformarse en santuarios de individuos sectarios y facinerosos, pero tampoco será menos legítimo que los hombres se reúnan en iglesias que en lugares públicos, ni será más culpables unos que otros por causa de sus reuniones. Cada cual es responsable de sus propios actos y nadie puede ser sospechoso u odioso por causa de otro. Quienes son sediciosos, asesinos, ladrones, adúlteros, difamadores, etc., debe ser castigados y extirpados, sin consideración de las iglesias a que pertenecen. Aun más, si podemos hablar libremente, como corresponde a los hombres entre sí, ni los paganos ni los mahometanos ni los judíos deberían ser excluidos, bajo pretexto de religión, de los derechos civiles de la comunidad. El Evangelio jamás lo estableció así. La iglesia que no juzga a aquellos que no están en ella (1 Cor. V. 11), lo rechaza, y el Estado, que admite sin diferencias a todos los hombres que sean honestos, pacíficos y diligentes, tampoco lo requiere. Si permitimos que un pagano negocie y trafique con nosotros ¿por qué no debemos tolerar que rece y rinda culto a su dios? Si se permite a los judíos poseer casas y hogares entre nosotros, ¿por qué deberíamos prohibirles que tengan sinagogas? ¿Son acaso sus doctrinas más falsas, sus cultos más abominables, o está más amenazado el orden civil por sus reuniones públicas que por aquellas que celebran en sus casas?"
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Todos aquellos que nos consideremos liberales, luchemos contra el terrorismo, sea el que sea, y contra los totalitarismos de cualquier signo, así como defendamos los valores liberales de nuestras democracias y nuestra tradición judeo-cristiana con todas nuestras fuerzas, pero no implantemos pequeñas dictaduras para ciertos grupos.

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